... relatos pseudopoéticos escritos desde lo más profundo de mi ser

El sabor de tus besos

Bajo la sombra de un viejo olivo te encontré y en aquel mismo instante te perdí. El sabor de tus besos apenas duró un suspiro y arrastró nuestros secretos consigo el cálido soplo del viento. La inexperiencia de mis manos aprendió del vaivén de las hojas caducas que flotaban en el aire, de la noche otoñal disfrazada de silencio, y al abrigo de tu cálido aliento dejaron de temblar mis labios y me deshice en tus brazos con el calor de tu cuerpo. Aún recuerdo, a pesar del cruel paso del tiempo, los murmullos de otoño, la luna llena colgada del cielo, la suavidad de tus dedos recorriendo mi espalda, el sabor de tus besos en mi paladar reseco.

Contratante asegurado

Aquella tarde, papá, regresó a la tumba entristecido tratando de recordar el sabor de los besos que tanto añoraba. Cabizbajo dejó caer su cuerpo sobre la sepultura de piedra atiborrada de flores y envuelto en un profundo silencio recorrió una a una las frías letras de metal que describían su nombre. Para no dejar ningún rastro separó cuidadosamente los pies del suelo y esparció sus recuerdos para que se los llevara el viento intentando olvidar así la dolorosa reprimenda de mamá y la cara aterrada de la vecina que al verle salió corriendo creyendo haber visto a un muerto.

Montmartre

Sólo los bocetos desordenados que brotaron de sus entrañas y el apacible caos de sus viejos pinceles sobrevivieron a Caronte. Bajo las invisibles arrugas de la imaginación las últimas pinceladas del lienzo consumieron su aliento soñando con ser el viento que pasa o la insignificante mota de polvo que ajena al mundo cuelga del techo. Pero el tiempo, insensible y cruel, no concede favores a quien anhela escapar de su lecho y con su manto fue cubriendo lentamente de gris otoñal el primaveral cielo. Y entonces sus noches se hicieron eternas y tenues su recuerdos.

Au revoir

Amanece en Paris. Entre bostezos y croissants un tren nos aleja sin prisa de la ciudad del Sena mientras con cierta nostalgia nos despedimos a través del cristal de su encanto y de nuestros sueños que atrapados quedan entre las sábanas del hotel del alma. A duras penas el sol se va imponiendo entre las nubes de otoño, despejando los augurios del hombre del tiempo que vaticinaba anoche lluvia intermitente y frío invernal. Sobre los tejados suspendida en el grisáceo cielo una solitaria cigüeña, buscando quizá la calidez de otras tierras, parece guiarnos con su vuelo hacia el sur. El revisor ajeno a nuestros delirios nos sonríe, sella sin prisa nuestro billete y desaparece tras el reflejo de la Torre Eiffel que, a pesar de que ya nos ha olvidado, aguardará aún sin saberlo nuestro retorno.

Perdido en la memoria

Recuerdo que había noches en las que el sonido de la lluvia golpeando contra el cristal de mi ventana se fundía con las notas del violín que escapaban de entre sus dedos. Entonces los miedos que acechaban mis sueños desaparecían por completo bajo el peso de las mantas y una cálida sensación acariciaba mi piel colándose por cada uno de los poros de mi cuerpo inundando mi alma de paz y ahuyentando de mi habitación los fantasmas de la oscuridad. Y así, mientras los acordes flotando se desvanecían en el silencio, Morfeo me acogía en su regazo y me protegía hasta la llegada del alba en su cómodo reino.

Perdido en la memoria

Recuerdo que había noches en las que el sonido de la lluvia golpeando contra el cristal de mi ventana se fundía con las notas del violín que escapaban de entre sus dedos. Entonces los miedos que acechaban mis sueños desaparecían por completo bajo el peso de las mantas y una cálida sensación acariciaba mi piel colándose por cada uno de los poros de mi cuerpo inundando mi alma de paz y ahuyentando de mi habitación los fantasmas de la oscuridad. Y así, mientras los acordes flotando se desvanecían en el silencio, Morfeo me acogía en su regazo y me protegía hasta la llegada del alba en su cómodo reino.

La inexistencia de la nada

Incapaz de comprender siquiera los ecos de su propia existencia, la última alma humana rasgó con delicadeza la piel de papel que durante años le dio cobijo y consumiéndose se dispuso a abandonar el mundo de cemento que la amordazaba aun comprendiendo que aquello no sólo sería su final. Y así fue como las caricias perdieron el tacto y los besos y los sueños se volvieron caducos.

Pronóstico reservado

El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso y mis manos, como anoche me advirtió el médico de urgencias, han comenzado a entumecerse y a temblar sin motivo alguno. Muy pronto, según su pronóstico, mis pupilas se enrojecerán y al caer la noche invadirá mi alma una terrible sed que sólo podré saciar inundando mis entrañas con ardiente sangre humana. Oh dios mío, ya percibo los primeros síntomas: como mi cráneo se encoje, como se me seca la garganta, como se afinan mis oídos… Maldita sea, por qué saldría anoche.

Liquidación post mortem

Por fin quietas las cuerdas dejaron de recitar acordes de memoria mientras el viento, que pasaba sin detenerse, tarareó con ternura los últimos versos de su voz rota.

Su alma, colmada de pesares, recogió del suelo las frías monedas con las que sobornar a Caronte y resbalando sobre el reflejo de las luces navideñas desapareció para siempre entre las aristas de los tejados.

A la mañana siguiente nadie extrañó su ausencia pues el hueco que antes ocupaban sus canciones fue invadido por seductores destellos de escaparates en ofertas y gente que cargada de innecesaridad pasaba corriendo de un lado a otro.

Manifiesto sobre la inexactitud de las matemáticas

Desconcertado por la continua avalancha de noticias sobre corrupción, malversación y desvío de fondos públicos, delitos fiscales o prevaricación, trato de rescatar del fondo de mi memoria las “ineficaces” lecciones del Grajo quien envuelto en una nube de humo y rodeado de colillas de Ducados nos ilustraba con trenes que, aún sin importar su destino, siempre llegaban a su hora y como la X, colmada de incógnitas y secretos, era cruelmente separada de los números mediante signos matemáticos sin escrúpulos.

Aquellas mañanas cubiertas de escarcha ahuyentábamos el frío corriendo detrás de un balón en un patio sombrío y desentrañando el valor de una letra en función de los números que a su alrededor hubiera.

Hoy, quince años después de que anhelando eternidad grabara mi nombre en uno de los pupitres de las Comarcales, alcanzo a comprender que las tablas de multiplicar, la regla de tres, las raíces cuadradas o el Teorema de Pitágoras han quedado obsoletos para el homo sapiens thecnologicus que somos. Y aunque me resulta extraño imaginarme a mis profesores de matracas como vendedores ambulantes de objetos perecederos así me incitan a hacerlo los titulares de prensa (siempre dispuestos a informarnos de forma objetiva e imparcial), y gracias a ello ahora comprendo que en nuestra maravillosa sociedad del siglo XXI dos más dos no siempre son cuatro, o al menos no para todos por igual, y para muestra un botín.