...en definitiva, cualquier cosa que crezca en mi cabeza, pues será el fruto (dulce o amargo) de mis ilusorias ensoñaciones.
... relatos pseudopoéticos escritos desde lo más profundo de mi ser
Instantes
Sol de otoño
Cuando, como cada tarde, regrese su padre se desvanecerán por completo sus miedos. Bajo el calor de una farola que tintinea de frío alimentará su espíritu malherido con historias de Cortázar y en un suspiro se quedará dormido abrazado a su cuello, soñando con cronopios y famas, con dulces gotas de leche esparcidas por el cielo, mientras el viejo busca un soplo de esperanza en las sucias monedas que han caído entre sus dedos.
El vivo al bollo
Se entrenaban cada mañana para estar muertos, o al menos parecerlo, cerrando con fuerza los ojos y aguantando la respiración con trocitos de goma en la nariz tratando de imaginar el cielo que don Alfonso con voz gastada y ronca (como su sotana) les había detallado aquel domingo de mayo. Mientras tanto Mario, más entretenido en las cosas terrenales, aprovechaba los recreos para registrar minuciosamente cada pupitre y asegurarse así un buen almuerzo, preguntándose si en el infierno también habría chuches.
A cada instante
El sabor de tus besos
Bajo la sombra de un viejo olivo te encontré y en aquel mismo instante te perdí. El sabor de tus besos apenas duró un suspiro y arrastró nuestros secretos consigo el cálido soplo del viento. La inexperiencia de mis manos aprendió del vaivén de las hojas caducas que flotaban en el aire, de la noche otoñal disfrazada de silencio, y al abrigo de tu cálido aliento dejaron de temblar mis labios y me deshice en tus brazos con el calor de tu cuerpo. Aún recuerdo, a pesar del cruel paso del tiempo, los murmullos de otoño, la luna llena colgada del cielo, la suavidad de tus dedos recorriendo mi espalda, el sabor de tus besos en mi paladar reseco.
Contratante asegurado
Montmartre
Au revoir
Amanece en Paris. Entre bostezos y croissants un tren nos aleja sin prisa de la ciudad del Sena mientras con cierta nostalgia nos despedimos a través del cristal de su encanto y de nuestros sueños que atrapados quedan entre las sábanas del hotel del alma. A duras penas el sol se va imponiendo entre las nubes de otoño, despejando los augurios del hombre del tiempo que vaticinaba anoche lluvia intermitente y frío invernal. Sobre los tejados suspendida en el grisáceo cielo una solitaria cigüeña, buscando quizá la calidez de otras tierras, parece guiarnos con su vuelo hacia el sur. El revisor ajeno a nuestros delirios nos sonríe, sella sin prisa nuestro billete y desaparece tras el reflejo de la Torre Eiffel que, a pesar de que ya nos ha olvidado, aguardará aún sin saberlo nuestro retorno. Perdido en la memoria
Perdido en la memoria
Recuerdo que había noches en las que el sonido de la lluvia golpeando contra el cristal de mi ventana se fundía con las notas del violín que escapaban de entre sus dedos. Entonces los miedos que acechaban mis sueños desaparecían por completo bajo el peso de las mantas y una cálida sensación acariciaba mi piel colándose por cada uno de los poros de mi cuerpo inundando mi alma de paz y ahuyentando de mi habitación los fantasmas de la oscuridad. Y así, mientras los acordes flotando se desvanecían en el silencio, Morfeo me acogía en su regazo y me protegía hasta la llegada del alba en su cómodo reino.
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