Aún te recuerdo sobre la atalaya
de mi memoria envuelta en el viento que sacudía tu pelo mientras dejabas volar
tu imaginación con él. Recuerdo que entre susurros de algodón me contabas los sueños
que se mecían en tus noches y como cada mañana se desvanecían bajo el hueco de
tu persiana. A veces cierro los ojos y sonrió al imaginarte trepando por entre
las ramas de los árboles persiguiendo estrellas y me entristezco al instante
por no haber sabido cómo detener el tiempo. Hay noches que siento el cálido
aliento de tus labios y creo escuchar tus delirios: como me asegurabas que en
ocasiones te sumergías en exóticos desiertos huyendo de las huellas que tras de
ti habías ido dejando o como con los primeros rayos de luz que llegaban al alba
te rompías en mil pedazos y entrelazando los recuerdos que yacían esparcidos
por tus sábanas volvías de nuevo a la vida. Y así me enseñaste a dibujar
quimeras en el cielo con pinturas trasparentes y a leer el futuro sobre la fina
arena que se nos escurría entre los dedos. Y soñando contigo comprendí tu mundo
y para sentirte más cerca busqué cobijo en él. Y poco a poco me fui haciendo
con trocitos de ti hasta que no fui nada más. Y ahora te extraño y me siento
preso de la oscuridad que lo cubre todo y me ahoga. Y abrazado al recuerdo de
tus ojos sobrevivo a la deriva.
...en definitiva, cualquier cosa que crezca en mi cabeza, pues será el fruto (dulce o amargo) de mis ilusorias ensoñaciones.
... relatos pseudopoéticos escritos desde lo más profundo de mi ser
Entre bostezos
El sonido de una ambulancia
perdiéndose en el silencio de la madrugada, la estela de un avión parpadeando
sobre el horizonte bañado de plata, el susurro del viento que pasa arrastrando una hoja y
borra mis huellas, el tiempo que se consume sin dejar ningún rastro de lo
que fue salvo el eco de las campanadas retumbando sobre la marquesina del
autobús donde sigo pacientemente esperando imaginando un cielo claro en una
noche de invierno, añorando el verano para abrigar con él mi gélido aliento.
Llega el autobús e irremediablemente abandono mis ensoñaciones, saludo, pago y
me apago, convirtiéndome en un pasajero más de la línea 5.
Llantos convertidos en poesía
Carpe diem
A la cola, como todo el mundo y el mundo entero detenido uno tras de otro aguardando quién sabe qué mientras el tiempo cargado de frágiles quimeras se desvanece irremediablemente ante nuestros ojos.
-Perdone ¿la salida?
-Al fondo, pero no puede saltar sin paracaídas.
Lo que somos
Apenas somos un puñado de recuerdos caducos esparcidos por la memoria que tan sólo añoran detener por un instante los fugaces momentos que lentamente se desvanecen en el olvido (consumiéndose en la nada) y asomarse al balcón de la existencia para gritarle a la vida que no somos nada, que el tiempo, impasible y cruel, pasa de largo ante nosotros arrastrándonos consigo y dejando tras de sí la sombra de lo que un día fuimos: líneas curvas y rectas que dibujan un horizonte ante nuestros ojos tan lejano y confuso que ya no sabemos diferenciar la realidad de los sueños.
Recuerdos del olvido
Pasos que se pierden ahogados bajo la imperecedera caricia de las olas y se desvanecen dejando sobre la fina arena primero los ecos de lo que no hace mucho fueron y luego sencillamente nada, la nada eterna y angustiosa que hace y deshace a su antojo el tiempo, como en un juego macabro de sombras carentes de luz, donde la vida pulula de un lado a otro palpitando bajo los suspiros enaltecidos del recuerdo que ahora perece. Y el espacio lentamente se consume y desaparece bajo la espuma de sal que acaricia la orilla.
Instantes
Sol de otoño
Cuando, como cada tarde, regrese su padre se desvanecerán por completo sus miedos. Bajo el calor de una farola que tintinea de frío alimentará su espíritu malherido con historias de Cortázar y en un suspiro se quedará dormido abrazado a su cuello, soñando con cronopios y famas, con dulces gotas de leche esparcidas por el cielo, mientras el viejo busca un soplo de esperanza en las sucias monedas que han caído entre sus dedos.
El vivo al bollo
Se entrenaban cada mañana para estar muertos, o al menos parecerlo, cerrando con fuerza los ojos y aguantando la respiración con trocitos de goma en la nariz tratando de imaginar el cielo que don Alfonso con voz gastada y ronca (como su sotana) les había detallado aquel domingo de mayo. Mientras tanto Mario, más entretenido en las cosas terrenales, aprovechaba los recreos para registrar minuciosamente cada pupitre y asegurarse así un buen almuerzo, preguntándose si en el infierno también habría chuches.
A cada instante
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