Las huellas que he ido dejando esparcidas tras de mí se mezclan ahora con el viscoso asfalto de las calles que se derriten lentamente bajo mis pies mientras inconscientemente me mezclo con el deambular de los autos que pasan arrastrando tras de sí sus alargadas sombras negras y el ronco lamento de sus motores huecos.
La rutina, agotada, se detiene un instante para saborear el repiqueteo de las campanas del reloj anunciando las siete y media y antes de que el último segundo desaparezca consumido en el olvido prosigue su camino arrastrándome nuevamente con ella, como cada mes de septiembre.
Adormecido aún, me entretengo imaginando los minutos caducos desprendiéndose uno tras otro de la esfera que con apego les da cobijo y si el relojero que les dio la vida pensó en el tiempo perecedero que cada día se consumiría bajo el laborioso trabajo de sus pulcras manos per secula seculorum.
Entonces, distraído por mis pensamientos, te recuerdo sonriendo (como siempre) y, contagiado por la felicidad que se dibuja curvada en tu rostro, sonrío y nada más, solamente sonrío y prosigo mi camino llenando mi cabeza de ensoñaciones y de recuerdos, de furtivas estrellas fugaces dejando en el oscuro cielo brillantes estelas recubiertas de deseos.
Mi alma, tratando de huir del diario transcurrir que se abalanza a escondidas sobre ella, se deleita ahora dibujando en el lienzo de la memoria garabatos sin sentido, quimeras envueltas en papel de regalo aguardando a ser abiertas, ilusiones que tarde o temprano dejarán de serlo para convertirse en la cotidianeidad que recubre finamente la vida de un soñador, pues no es lo mismo soñar que tener sueños.
Y de pronto extraño el aroma dulzón que traía el viento y me despeinaba, el horizonte vacío de chimeneas, el carrusel de hormigas cargadas de trigo, el sonatina de los grillos a la vera río, las noches en vela brincando en la plaza… y cierro los ojos y me imagino tumbado sobre la arena jugando a cazar estelas de aviones como si fueran moscas o imaginando el dulce sabor de tus huidizos besos o el acogedor calor de tus abrazos perennes y poco a poco, sin querer, me voy deslizando entre la gente, confundiéndome con ellos, enredando mis pasos con los suyos, mezclándome tibiamente en el bullicio que exhala de la urbe que me acoge de nuevo, sin rencor por el abandono estival, mientras saboreo los últimos días de agosto en mi memoria para despedirme de ellos mientras cruzo la puerta de la oficina y saludo: ¡Buenos días!
