... relatos pseudopoéticos escritos desde lo más profundo de mi ser

Colgado al sol

Colgado: (part. del vb. colgar)

1. adj. Contingente, incierto.
2. adj. Anhelosamente pendiente o dependiente en grado sumo. Estar, quedarse colgado.
3. adj. coloq. Dicho de una persona: frustrada en sus esperanzas o deseos. Dejar, quedar colgado.
4. adj. coloq. Que se encuentra bajo los efectos de una droga.  

Al

1. contracc. A el.  

Sol: (Del lat. sol, solis)

1. m. Estrella luminosa, centro de nuestro sistema planetario.
2. m. Luz, calor o influjo de este astro. Sentarse al sol. Tomar el sol.
3. m. Tiempo que el Sol emplea en dar una vuelta alrededor de la Tierra.
4. m. Alq. oro (metal).

Retales de recuerdos

Y ahora, bajo la tenue niebla que antecedente al otoño siento como se agolpan en mi memoria las estrellas fugaces que escapaban de nuestras manos, las noches en vela coleccionando sueños, las trampas para cazar musas, los atardeceres coloreados o el aroma de tus besos. Recuerdo como cuidadosamente recogimos cada uno de los segundos caducos del reloj tratando de detener el tiempo, y como guardamos a hurtadillas los secretos que nos confesó en silencio la luna llena. Y entonces los sueños dejaron de ser quimeras y las noches de ser amargas y las lágrimas de ser tristeza.

Cuando no pueda

Cuando no pueda besarte buscaré cobijo en tus brazos. Cuando ya no pueda abrazarte te rozaré disimuladamente. Cuando no pueda si quiera rozarte me conformaré con bañarme en tu mirada. Cuando te tenga tan lejos que mis ojos no alcancen a verte soñaré contigo. Y cuando no pueda soñar contigo, ni ilusionarme con tu recuerdo, me abandonaré al frío que sobreviene al invierno.

Calle del sol

Erase una vez un mar, y a orillas del mar una ciudad, y asomada a la ciudad una calle, y llenando la calle un murmullo, y bajo el murmullo despuntando un acorde, y escapando del acorde una guitarra, y al callar la guitarra aplausos, y escondidos entre los aplausos tus ojos, y en el reflejo de tus ojos los míos, y en mi mirar tu sonrisa, y en tu sonrisa el mar. Erase una vez una calle, y en la calle una ciudad.

Si me dejas…

Por cada sueño que no se cumpla colgaré mil estrellas del cabecero de tu cama y me bastará un instante al cobijo de tus brazos para inventar un nuevo mundo donde tender tus ilusiones al sol.

Uno a uno recogeré cada uno de los versos que sollozan en el olvido y con las yemas de mis dedos disfrazados de caricias trazaré sobre la delicada piel de tu espalda el destino que nos espera.

Bajo la penumbra en la que se oculta el brillo del amanecer perseguiré a tientas tus bostezos intentando velar el nacimiento de la mañana y convencerte de que mis abrazos son sólo parte de tus ensueños.

Tratando de ahuyentar el eco de tu ausencia pintaré cada mañana mi habitación del color de tus ojos y bajo mi almohada guardaré con cuidado el aroma de tu pelo para que no se lo lleve el viento.

Cada noche que no comparta contigo distraeré la nostalgia de tus besos marchitos y del frío de tus abrazos deseando acortar el cruel camino que separa tu alma de la mía y curarme así de la soledad que me ahoga.

Secaré con mis labios las lágrimas que se desvanecen bajo tus pupilas verdosas cuando te golpee la tristeza y para robarte una sonrisa te contagiaré de alegría. 

Llenaré tus noches vacías de mis delirios desbordados e imaginaremos juntos un nuevo principio para cada final, un regreso diferente para cada despedida, un hola distinto para cada adiós.

La historia de un cuento con final feliz

Hubo un tiempo en el que el mundo, fuera como fuese, se desvió durante una apacible noche de verano de su rutinaria trayectoria alrededor del sol. Científicos de todo el planeta reunidos para tratar la singularidad de este asunto pasaron horas y horas intentando resolver la razón sin igual de este extraño acontecimiento sin que llegaran a alcanzar una conclusión razonada que satisficiera a todos y cada uno de los ilustres asistentes que participaron en aquel inesperado consejo. 

Unos señalaban que a partir de ese momento se desencadenarían una serie de trágicos sucesos como inundaciones o terremotos que acabarían con todo aquello que hasta ese momento conocíamos; otros apuntaban que esa desviación sin duda debía ser algo temporal y que tarde o temprano el planeta volvería por inercia a ocupar el sitio en el que había permanecido durante millones de años; una minoría de expertos en astronomía indicaban con grandísima elocuencia que todo aquello se debía a la fuerza suprema de un agujero negro alojado a cientos de kilómetros de años luz en una galaxia aún por determinar y que el planeta Tierra, al igual que el resto de planetas y estrellas, sería devorado por la voracidad de este fenómeno intergaláctico…

Encerrados en un laboratorio en los confines del mundo, discutieron y analizaron enérgicamente durante semanas y meses cada una de las innumerables propuestas, sin percatarse de que el mundo poco a poco iba encogiéndose y haciéndose progresivamente más pequeño. 

De esta manera comenzaron a desvanecerse primero las montañas más grandes y los más profundos océanos, que se convirtieron sin que nadie se diera cuenta en pequeños montes y lagos de agua salada. Los desiertos y los bosques se esfumaron, y también las grandes urbes con sus altísimos rascacielos y sus edificios monumentales. Y así fue como todo el mundo fue desapareciendo ante nuestros ojos sin que nada ni nadie pudiera hacer algo por remediarlo, hasta convertirse en una pequeña pelota de playa.
Entonces el destino, apiadándose del trágico futuro que le aguardaba al ser humano, quiso que entre los dos últimos supervivientes surgiera la fuerza del amor para que este dulce momento quedara grabado en la abismal profundidad del conocimiento humano como el más placentero y a la vez el más doloroso recuerdo por ser el último.

Pero inexplicablemente en ese preciso instante, cuando irremediablemente todo iba a desaparecer por completo, el planeta regresó al sendero que durante millones de años había ido dibujando entre las estrellas y fuera por arte de magia, por ayuda divina, por alguna extraña suerte o por la fuerza del amor, todo volvió a ser como era entonces.

Despertar

Bajo el brillo fugaz de las Perseidas despierto y aún sonámbulo puedo sentir como los sueños se desvanecen mansamente bajo las arrugas de mis sábanas y como el rocío de la madrugada se escurre entre los pétalos deshojados de la noche. 

La delicada luz de la aurora que se cuela a tientas por la ventana disuelve mis pesadillas de nuevo e indefenso siento como el reflejo de tus ojos se confunde con las lánguidas sombras de mi memoria. 

Mientras el viento, meciéndose sobre las cortinas, me empuja de la cama, la inmensidad de la vida disfrazada de amaneceres me sorprende y me ofrece entre bostezos alas fabricadas con remiendos de lo que fui y posibilidades de lo que seré. 

Y huyendo del frío me agazapado entre las mantas y me envuelvo en los cálidos recuerdos que compartimos al abrigo de la luna, y entusiasmado al verme reflejado en ellos, cierro los ojos y disfruto de las caricias de tus besos. 

Y aunque la vida se resquebrajaba bajo el atronador tormento de mi despertador siento un pellizco de auxilio sosegando mi alma, serenando mi aliento, y sin querer se me escapa una sonrisa al verte abrazada a la almohada disfrutando aún del dulce sabor de los sueños.

Analgésico

Hoy me he levantado con un extraño dolor de rodilla que no acabo de achacar a nada en especial, pues resulta que hace años siguiendo los firmes e inquebrantables consejos que mi madre una y otra vez me repetía a todas horas (sagrada paciencia la que tuvo y aún tiene conmigo), deje de sacrificar mis huesos con arriesgados deportes como el potro, el corro de las patadas, los pelotazos o el rey de la montaña. Y aunque no dudo que mis quebrajosos huesos sufran hoy las vicisitudes del ayer prefiero pensar que solamente se trata del tiempo que va a cambiar, o que se debe a los constantes vaivenes de la prima de riesgo, o a la caída de los valores del IBEX, o a los sobresaltos a los que nos tiene acostumbrados nuestra endeble economía, o… ¡maldita sea! tengo que dejar de desayunar con las noticias de la radio.
 
Así que, después de apagar el pequeño transistor que acompaña cada mañana mis bostezos, he decidido desoír las inestimables indicaciones de médicos y farmacéuticos (espero que me perdonen por ello) y huyendo por el pasillo de mis propios pesares mientras persiste a medias la cojera (pues sólo se trata de una rodilla y no de ambas), he decidido automedicarme con píldoras de alegría y sonrisas como analgésico.
 
Contra los quebraderos de cabeza abrazos de algodón, para la melancolía de los días grises un paraguas de colores, contra las interminables noches de amargura llena tu casa de amigos, para ahuyentar los malos momentos contágiate de sonrisas, contras las canciones melancólicas guitarreo y rock, si tus noches están desiertas de estrellas atrévete a pintarlas sobre tus sueños, combate la soledad sembrando amores, para espantar tus pesadillas llena tu cama de monstruos de peluche, cubre los baches del camino con las piedras de tus zapatos, contra el viento que golpea los cristales cortinas de esperanza, confía en ti para resolver los problemas despejando el valor de la X, dulzura y dulces besos para secar lágrimas amargas, contra el olvido rodéate de recuerdos, aprende que con cada caída te haces más fuerte y no más torpe, llora o grita si te lastimas pero no dejes que el miedo te haga fracasar, cobija tus ilusiones bajo las mantas durante las noches frías de invierno y para sobreponerte a los golpes de la vida nunca dejes de soñar.
 
Y recuerda que para cada magulladura hay una tirita y que nunca estamos solos aunque a veces no haya nadie. Recuerda que no sólo las pastillas calman el dolor de cabeza y que ciertas palabras mágicas también apagan el malestar. Recuerda que las caricias aunque no tengan receta a veces cierran heridas y que el «sana sana culito de rana» también alivia. Recuerda, en definitiva, que a tu alrededor hay gente que aunque no estudiará medicina está dispuesta a salvarte la vida cada día de tu vida.

En un instante (todo puede cambiar)

Érase una vez un suspiro que al convertirse en beso dejo de serlo.

Otoño

Aunque no pueda entender lo que me dice, el viento, jugueteando con mi pelo peinándolo para despeinarlo después, no deja de susurrarme cosinas al oído mientras las gotas de agua que desde el cielo se precipitan al vacío golpean sin cesar la luna menguante de mi paraguas y lentamente se van escurriendo hasta salpicar mis pies descalzos. 

Sin querer pierdo la vista en el horizonte inundado de profundos grises escarchados y arrastrado por el sempiterno vaivén de las olas acaricio con suavidad la playa de Portio en busca de las huellas que hace tiempo dejé olvidadas en su regazo de arena y roca, y entonces pienso que si la primavera, cargada de azules y rosas, pudiera ver a través de mis ojos, sonreiría. Acurrucado en los amargos brazos de la soledad disfruto del incesante rugir del mar, del orbayu que humedece mi alma hasta los huesos, del silencio espectral que contamina mi mente, del brillo de las farolas reflejado en los charcos ajados del suelo, del olor a quemado de las castañas saltando en el fuego, de las hojas sonrojadas de los árboles desnudos… del melancólico otoño cargado de lloviznas. 

Y sueño con cazar estrellas entre lóbregas nubes de algodón y perseguir caracoles con la casa a cuestas, e imagino el crujir temprano de las nieves primeras y el desprenderse de las hojas caducas ladera abajo y la tenue luz de la luna filtrándose entre el humo que a hurtadillas escapa de las chimeneas. Y acompañado de los susurros del río y del sencillo canto del viento me pierdo en los montes tratando de encontrar setas, descubriendo en el fondo del bosque tras el espesor de la nieblala silueta de una anjanaangustiada huyendo de mi presencia. 

Y aunque el sol parece haber huido desolado tras el horizonte veraniego y los días que restan hasta la llegada del buen tiempo se agolpan uno tras otro entre las hojas sin estrenar del calendario, yo me entusiasmo disfrutando con el diáfano crepitar del fuego, con los tonos ocres queatavían la montaña, con el olor a puchero que llega desde mi pueblo, con el dulce sabor de las quesadas caseras, con el tintineo de las gotas de lluvia golpeando el suelo, con el peso de las mantas sobre mi cuerpo, con los abrazables abrazos que regalan calor y ahuyentan los miedos. 

Y entonces pienso que si la primavera pudiera ver a través de mis ojos desearía dormir con el otoño ysoñar con el invierno.