Doce. Once. Diez. Nueve… Y a partir de ese momento, desvaneciéndose levemente en el olvido, el insípido sabor del tiempo consumido flotando en la nada, y mi alma mientras tanto detenida en una milésima de segundo rasgada del reloj pendiendo de un hilo… Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno.
Por delante 365 días con sus noches y sus lunas, 8.760 horas atestas de poco más de medio millón de profundos minutos e insignificantes segundos resbalando uno tras otro sobre la pulcra esfera del reloj, mientras la vida en su eterno deambular irá llenando gota a gota nuestras copas de alegrías y de penas, de cantos y de condenas, ofreciéndonos minúsculos sorbos de sí misma para brindar con ella a su salud.
Y así desenvolviendo con esmero utópicas ilusiones y anhelados deseos invertimos aquellas kalendas pactando con la tristeza amarga una tregua condicionada a la crisis. Y contagiándonos solidariamente de alegría fuimos sembrando sueños al compás de cada baile aunque curiosamente aquella noche no dejamos de bailar. Y embriagados con las burbujas del champan nos dio por llenar los brindis de nuestras copas vacías con sonrisas a escondidas mientras trapicheamos disimuladamente en los baños con las delicias de los besos a estrenar. Y dibujamos abrazos infinitos en el aire para espantar nuestros miedos y marginar los funestos pensamientos que amedrentaban el alma anteayer. Y tiritando grabamos nuestros nombres sobre las lunas escarchadas de los coches y dejamos nuestras huellas tatuadas en la pálida nieve que cubría las aceras. Y mientras el reflejo de tus ojos resbalaba por los míos la noche se fue consumiendo lentamente hasta que los rayos del sol me despertaron al cobijo de tu pecho deshaciéndome en tus brazos. Y nos prometimos estrellas mientras mirábamos el cielo y me ofreciste tus noches vacías para guardar en ellas mis sueños.
Entonces comprendí las condiciones que me ataban al pacto recién firmado con la vida, a nuestro acuerdo con la tristeza soledad: «todos y cada uno de los días deberás devolverme como parte del trato una sonrisa, una palabra entrañable, un dulce beso, una tierna mirada, un apacible silencio, un cálido gesto, una estremecedora caricia».
Y así fue como, sin saberlo, se nos fueron escurriendo de entre las manos los primeros minutos de este feliz y prospero año nuevo.