Sucede a menudo que mientras cientos de centelleantes imágenes de colores se deslizan sigilosamente entre la interfaz de nuestras neuronas, ciertas cosas, sin aparente importancia, pasan totalmente desapercibidas ante nosotros. Tal es la ceguera pseudovoluntaria en la que nuestros ojos están inmersos que en innumerables ocasiones el envoltorio reclama más la atención que el regalo en cuestión.
Déjenme que les ponga un ejemplo: según expertos en la materia una persona, como usted mismo (no se ofenda), recibe a lo largo de las veinticuatro horas que consumen el día un total de 3.000 impactos publicitarios que con precisa sutileza se introducen en nuestra conciencia y nublan con idílicas fantasías nuestra mente. Teniendo en cuenta que invertimos cada noche una media de ocho horas cazando estrellas, son aproximadamente unos doscientos señuelos los que cada hora nos deslumbran con su ir y venir a toda prisa cegando con alevosía y deliberada premeditación nuestra conciencia, que permanece sumergida en un estado de aletargada flotación causado por el monótono transcurrir de las semanas. Así, seremos sutilmente seducidos a diario por el incesante eco de los cantos de sirena que nos anuncian cosméticos que esconden, sin precisar dónde, la fórmula de la eterna juventud, fulgurantes coches que pasan a toda velocidad dejando tras de sí la estela de los sueños con los que desde ese momento soñamos, insuperables ofertas de cosas realmente increíbles que creíamos no necesitar, programas prefabricados con retales de vidas ajenas con los que entretener la desidia, metafóricos anuncios de fragantes perfumes, consejos de bricolaje para reparar bancos quebrados, marcas, marcas y más marcas… ¿Les suena? Seguramente.
Pues como les decía, nuestros sentidos, incapaces de sobreponerse a tanto spam 1, preocupados en procesar datos, metadatos e hipermetadatos de toda índole, no son capaces de advertir cosas tan sutiles como la línea curva de una sonrisa, el lindo sonido de un buenos días, las tenues caricias del sol sobre la piel desnuda de marzo, el blanquecino renacer de las flores o el apasionado canto de los pájaros anunciando la primavera que nos alcanza.
Así que si me permiten un consejo (disculpen mi osadía y el impertinente atrevimiento del que soy víctima): disfruten, pero no con las zapatillas de marca que publicita el Balón de Oro sino con la fina arena que desaparece bajo las huellas que éstas van dejando esparcidas sobre la playa. Susúrrenle a su pareja lo bonita que está al despertar aunque su pijama no se parezca lo más mínimo a los conjuntos que anuncian no sé qué ángeles. Regálenle a la panadera de la tienda de la esquina su sonrisa más sincera sin que importe que sus pómulos estén maquillados con fina harina y no con mágicos ungüentos que evaporan las arrugas. Discutan agradablemente con su vecino sobre lo que les plazca y no sobre lo que les venden avezados publicistas con piel de cordero. Apaguen ese trasto al que llaman televisión y déjense arrastrar por los rayos de sol. Y disfruten, únicamente disfruten.
1. Mensaje basura no solicitado, eso si, fácil de reciclar.