... relatos pseudopoéticos escritos desde lo más profundo de mi ser

La inexistencia de la nada

Incapaz de comprender siquiera los ecos de su propia existencia, la última alma humana rasgó con delicadeza la piel de papel que durante años le dio cobijo y consumiéndose se dispuso a abandonar el mundo de cemento que la amordazaba aun comprendiendo que aquello no sólo sería su final. Y así fue como las caricias perdieron el tacto y los besos y los sueños se volvieron caducos.

Pronóstico reservado

El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso y mis manos, como anoche me advirtió el médico de urgencias, han comenzado a entumecerse y a temblar sin motivo alguno. Muy pronto, según su pronóstico, mis pupilas se enrojecerán y al caer la noche invadirá mi alma una terrible sed que sólo podré saciar inundando mis entrañas con ardiente sangre humana. Oh dios mío, ya percibo los primeros síntomas: como mi cráneo se encoje, como se me seca la garganta, como se afinan mis oídos… Maldita sea, por qué saldría anoche.

Liquidación post mortem

Por fin quietas las cuerdas dejaron de recitar acordes de memoria mientras el viento, que pasaba sin detenerse, tarareó con ternura los últimos versos de su voz rota.

Su alma, colmada de pesares, recogió del suelo las frías monedas con las que sobornar a Caronte y resbalando sobre el reflejo de las luces navideñas desapareció para siempre entre las aristas de los tejados.

A la mañana siguiente nadie extrañó su ausencia pues el hueco que antes ocupaban sus canciones fue invadido por seductores destellos de escaparates en ofertas y gente que cargada de innecesaridad pasaba corriendo de un lado a otro.

Manifiesto sobre la inexactitud de las matemáticas

Desconcertado por la continua avalancha de noticias sobre corrupción, malversación y desvío de fondos públicos, delitos fiscales o prevaricación, trato de rescatar del fondo de mi memoria las “ineficaces” lecciones del Grajo quien envuelto en una nube de humo y rodeado de colillas de Ducados nos ilustraba con trenes que, aún sin importar su destino, siempre llegaban a su hora y como la X, colmada de incógnitas y secretos, era cruelmente separada de los números mediante signos matemáticos sin escrúpulos.

Aquellas mañanas cubiertas de escarcha ahuyentábamos el frío corriendo detrás de un balón en un patio sombrío y desentrañando el valor de una letra en función de los números que a su alrededor hubiera.

Hoy, quince años después de que anhelando eternidad grabara mi nombre en uno de los pupitres de las Comarcales, alcanzo a comprender que las tablas de multiplicar, la regla de tres, las raíces cuadradas o el Teorema de Pitágoras han quedado obsoletos para el homo sapiens thecnologicus que somos. Y aunque me resulta extraño imaginarme a mis profesores de matracas como vendedores ambulantes de objetos perecederos así me incitan a hacerlo los titulares de prensa (siempre dispuestos a informarnos de forma objetiva e imparcial), y gracias a ello ahora comprendo que en nuestra maravillosa sociedad del siglo XXI dos más dos no siempre son cuatro, o al menos no para todos por igual, y para muestra un botín.

Turno de noche

Muerto, pero mío –reclamó una delicada voz oculta tras una cortina de humo.

Acompañados por el eco de nuestros pasos y el tintineo de las luces fluorescentes recorrimos en silencio los fríos pasillos que conducían hasta el depósito. Allí, reconoció sus ojos verdes, aunque sin brillo, y acarició con dulzura sus pálidas mejillas mientras sonriendo me preguntó si alguna vez había estado en el cielo.

Claro –le respondí de forma irónica maldiciendo mi trabajo- pero apenas lo recuerdo.

Historia de un olvido

Y nada más existió hasta la llegada del alba, una milésima de segundo comprimida en un suspiro, un lamento ahogado en una existencia colmada de miserias.

A la mañana siguiente la vida, demasiado angustiada por el inevitable paso del tiempo, sólo pudo recordarla con unas iníciales vacías en una nota de prensa.

Esa misma noche, mientras el mundo seguía girando como si nada, la memoria insensible abandonó el eco de su voz en los brazos del tenebroso olvido consumiendo para siempre su recuerdo.

Otoño en soledad


Como tantas veces había hecho de niño, lanzó sus juguetes rotos al fondo del pozo mientras balbuceaba entre lágrimas maldiciones sin sentido. Entonces, tratando de dejar tras de sí su propio dolor, brindó con la luna por el tiempo pasado, comprendiendo que no todas las heridas terminan sanando, ni todos los finales terminan felices.

Ensoñaciones al atardecer

Caminar descalzo sobre el otoño que cubre de ocres la playa, sintiendo como mis pies se hunden sobre la arena y las olas no cesan en su empeño de borrar las huellas que siguen e incansablemente persiguen la sombra que de mi alma se desprende.

A lo lejos un barco se precipita al vacío desde el horizonte resquebrajado hasta los confines de la tierra en busca de peces de cristal que no alimentan pero sacian la sed de grandeza de quienes ansían gobernar el mundo.

El sol entonces alertado por Venus corre a esconderse bajo mis pies alargando aún más la estela de mi propia existencia, mientras la luna, convirtiendo en oscuridad la luz, funde el mar con el cielo y el murmullo de sus olas con la brisa otoñal, que me despierta de mis quimeras.

Y soñando con los peces de cristal recojo cuanto detrás de mí fui dejando y regreso sin aliento a la cotidianidad de la vida.

La lanzadora de cuchillos

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento y al instante, sintiendo como un escalofrío rasgaba su piel, trató de huir pero los miedos que tanto tiempo llevaban dormidos despertaron de pronto y atenazaron cada uno de los músculos de su cuerpo. Inconscientemente, bajo la tintineante luz de la farola, recordó los gritos de angustia retumbando en su cabeza, las frías noches en vela escondida bajo las mantas, el eco de los pasos subiendo la escalera, los golpes. -Mamá siempre tuvo buena puntería - suspiró, mientras una lágrima resbalaba sobre su mejilla y desaparecía bajo la curvada línea de sus labios.

Fuego cruzado

Desorientada, alzó como pudo la vista y al ver su propio reflejo esparcido sobre los cristales rotos de la moqueta trató de levantarse y huir de su propia pesadilla, pero los músculos de sus piernas, abatidos por los golpes recibidos, no aguantaron el peso de su alma y se hundieron al instante en sus miedos.

Apenas podía comprender lo que estaba sucediendo pues en unos segundos todo aquello que le rodeaba había desaparecido por completo. Un helicóptero, un fuerte estallido, un extraño olor picante, gritos…

Sintiendo como se nublaban los recuerdos de sus familia y como se desvanecía la esperanza, olvidó de golpe el dolor de sus heridas e intentó sobreponerse a la angustia que atenazaba su cuerpo contra el frío suelo.

Con el escaso valor que flotaba en el aire llenó sus pulmones e intentó de nuevo soportar sobre sus hombros el peso de su decrépito mundo. Durante un efímero instante creyó en sí misma y logró ponerse con dificultad en pie, entonces a través del hueco de la ventana pudo ver el infierno del que llevaba huyendo toda la vida.

De pronto una ligera brisa cargada de plomo y metralla atravesó las cortinas y, sacudiendo con violencia las entrañas de su cuerpo, se desplomó inerte contra el suelo. Ya no lucharía por levantarse, ni tan si quiera por sobrevivir, tan sólo se esforzó por recordar los ojos de sus hijas y rezar por ellas.